NI.PA.TA.TA.

Cristina siempre replicaba que ya leía bastante en el colegio y que todos sus amigos veían la tele.

Tan convencida estaba de este argumento que dejaba los libros olvidados en la pequeña biblioteca de su habitación. Para una niña de nueve años ya eran demasiados libros los que guardaba sin haberlos leído.

¡Plaf! ¡Plaf!

Un gran estruendo la sacó de sus pensamientos.

- Mamá, ¿qué pasa?

- Es en tu habitación. Si la tuvieras siempre ordenada...

Cristina llegó a su cuarto con algo de miedo. No salió de su asombro cuando comprobó que todos los libros y cuentos se hallaban desparramados por el suelo. Y corrió en busca de mamá.

- Mamá. ¿Tú has limpiado mi estantería?

- Sí. Hace unos días. ¿Por qué?

- ¡Porque todos mis libros se han caído!

- Yo los coloqué como siempre. Aunque, ahora que recuerdo, noté algo muy extraño...

- ¿Qué fue? -preguntó la niña con los ojos muy abiertos por el asombro. Los libros se resistían a volver a su sitio. Colocaba uno y se caía. Lo volvía a colocar y se caía otra vez. Bueno, yo le eché la culpa al nuevo limpiamuebles que les hacía resbalar.

Cristina volvió a su habitación dispuesta a colocarlos. Le parecía mucha casualidad que se cayeran todos justo cuando ella estaba recordando lo que le había dicho su abuelo sobre la lectura.

Ya estaban casi todos ordenados, cuando la voz chillona del llamativo anuncio de un nuevo pastelito en la tele hizo que prestara su atención a la pantalla y se olvidara de los últimos libros caídos en el suelo.

Cuando llegó la hora de acostarse, pisó, sin querer, los tres libros olvidados. Cansada por un largo día televisivo se metió en la cama, no sin el propósito de recogerlos de nuevo por la mañana.

Mientras Cristina dormía, los libros volvieron a caer de las estanterías, muy lentamente y sin hacer el más mínimo ruido. Era como si tuvieran vida. Sus movimientos eran tan lentos que parecía que un ser muy misterioso los moviera a su antojo.